
Siempre he tenido una cualidad: investigo más allá de las cosas que veo a simple vista o tengo un don de que me entero de lo que no debo en el momento preciso, perfecto.
Aunque, en muchos casos particulares dicha cualidad no me sirve sino cuando ya el caso es extremo o la situación es tarde para ser remediada, ato cabos más rápido que sumar dos más dos y resuelvo el por qué, la mentira, la verdad, el origen del problema, etc., donde todo el mundo me compara con la KGB, la CÍA y hasta con el propio CSI.
Sinceramente, yo me comparo más con la serie de televisión los simuladores, donde uno planifica, el otro hace la parte logística y los otros el trabajo sucio, yo como que tengo un todo en uno que me ha hecho descubrir cada cosa, y que -para mi sorpresa- sobrepasa el sexto sentido que se le atribuye a la mujer.
Pero, luego de lograr el objetivo, desenmascarar a quien miente, ayudar a la persona necesitada, o simplemente satisfacer ese ego interno de tener la razón acerca de, ¿qué te queda?, la respuesta es nada. Sólo puedes tener un vacío, volver a la realidad y retomar tus cosas, que por más adrenalina que te pueda generar lo otro, nunca debiste dejar por atender asuntos de terceros.
Y aquí me voy a lo que me repite Alfonso León todos los días de mi vida, cada vez que me va a echar las cartas del Tarot Ancestral. No te envuelvas en problemas de terceros, trata de encontrar el centro del equilibrio dentro de tí o mejor aún, deja el complejo de víctima y/o ambulancia.
Éste último término, me ha hecho sentir mucho más identificada que lo que la propia palabra puede significar; todos acuden a mí porque malo que bien puedo dar una solución, doy apoyo moral, físico y hasta psicológico y estoy pendiente de sus problemas por la excesiva empatía que me caracteriza, virtud o error que poco a poco iré limitando, censurando o disminuyendo para que no me afecte más de lo necesario en mi plano personal.
Sí, me siento una simuladora, una simuladora de persona fuerte capaz de defender al desvalido, de darle la mano al necesitado -aunque muchas veces no lo merezca- a convertirme en esa investigadora consumada -muy a lo reportera del crimen- o a la forense que sabe a qué tipo de bala pertenece el casquillo que se encuentra en el piso, cerca del cadáver reportado.
En un futuro quizás me reiré de todas las cosas que he hecho, de los contactos conocidos a través de mi licencia para husmear, y de las cosas que no sabía que podía hacer mientras permanecía sentada detrás de una computadora cumpliendo con mis deberes laborales, pero mientras tanto, aún me queda por resolver un caso, el cual si llega a un buen final, les cuente luego.

